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martes, 14 de junio de 2011

LAS BENDICIONES DE LOS CONSEJOS ELDER M.BALLARD

20110524231512-m-russell-ballard-large.jpgHace unos años, cuando prestaba servicio como obispo, una familia de nuestro barrio pasó por una crisis cuando el padre perdió su trabajo. Yo estaba preocupado por su bienestar y los visité para asesorarlos y ofrecerles la ayuda de la Iglesia. Curiosamente, se mostraron reacios a aceptar mi oferta de ayuda provisional, por lo que llevé el asunto al consejo de barrio. Con un espíritu de amorosa confidencialidad, compartí con ellos mi preocupación por esa maravillosa familia y les pedí ideas para saber cómo podríamos bendecirlos.

Nuestra presidenta de la Sociedad de Socorro se ofreció para visitar a la madre a fin de determinar las necesidades temporales de la familia y analizar con ellos la forma de conseguir las cosas que necesitaran —lo cual, por supuesto, era la responsabilidad de ella, según el programa de la Iglesia. En un par de días ella había logrado lo que yo no había conseguido y la familia, con humildad y gratitud, aceptó que la ayudáramos con los artículos de primera necesidad. El presidente del quórum de élderes habló con el padre sobre la familia —lo cual, por supuesto, era su derecho y deber— y se mantuvo en contacto con él para explorar maneras de conseguir un trabajo. Nuestro presidente de Hombres Jóvenes se dio cuenta de que la casa necesitaba urgentemente una mano de pintura e hizo arreglos para que los presbíteros trabajaran con el grupo de sumos sacerdotes para pintarla.

Durante el transcurso de mi conversación con los padres, me enteré de que estaban muy endeudados y atrasados con el pago de la hipoteca de la casa. De acuerdo con las pautas aprobadas de bienestar, indagué sobre la posibilidad de que sus familiares pudieran ayudar, pero recibí muy poca información. Sin embargo, nuestra presidenta de la Sociedad de Socorro pudo averiguar que la madre tenía un hermano adinerado.

“No hay razón para ponerse en contacto con él”, dijo la madre. “Hace años que ni siquiera hablamos”.

Yo comprendía su dilema, sin embargo, sentí que era importante seguir el orden de la Iglesia. De modo que lo consulté con ella y finalmente recibí su permiso para contactar a su hermano que vivía en una ciudad lejana. Lo llamé y le expliqué las circunstancias difíciles en las que se encontraba su hermana menor. A los tres días llegó a Salt Lake City y ayudó a su hermana a poner sus asuntos financieros en orden. Mientras tanto, el presidente del quórum de élderes ayudó al esposo a encontrar un trabajo estable con buenos ingresos.

Más importante, sin embargo, fue que se acercaron y se unieron más como familia. Creo que jamás olvidaré ese emotivo momento en que la madre se reunió con su hermano después de muchos años de separación. Aunque su hermano se había alejado de la Iglesia, hubo un inmediato vínculo afectivo entre los dos espíritus y, como resultado, el hermano volvió a la plena actividad en la Iglesia y reanudó su relación con la familia.

Todo esto sucedió gracias a la inspirada labor de un fiel consejo de barrio que funcionó de acuerdo con el programa que Dios ha señalado para Sus hijos por medio de Sus siervos.



Cómo fortalecer a los que necesitan ayuda

“Los miembros del consejo de barrio se esfuerzan por estar informados de las necesidades, del bienestar y del progreso espiritual de los miembros de sus organizaciones. También se mantienen informados sobre los miembros que se enfrentan a problemas especiales o a circunstancias variables. Esta información les permite fortalecer a quienes más precisan su ayuda”.



Manual de Instrucciones 2: Administración de la Iglesia, 2010, sección 4.5.1

jueves, 3 de febrero de 2011

¿CREES EN CRISTO? O ¿LE CREES A CRISTO?


El Señor a dicho:

 “Y he aquí, os digo estas cosas para que aprendáis sabiduría; para que sepáis que cuando os halláis al servicio de vuestros semejantes, sólo estáis al servicio de vuestro Dios. “


“y vendrá al mundo para redimir a su pueblo; y tomará sobre sí las transgresiones de aquellos que crean en su nombre; y éstos son los que tendrán vida eterna, y a nadie más viene la salvación”.


 

“Venid ahora, dice Jehová, y razonemos juntos:
“Aunque vuestros pecados sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; aunque sean rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana.”


“Traed todos los diezmos al alfolí, y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde.”

“Por tanto, sed fieles; y he aquí, mirad, estoy con vosotros hasta el fin. Así sea. Amén. “


Lamentablemente, hay muchos miembros de la Iglesia que no creen que esto sea posible. A pesar de que afirman tener un testimonio de Cristo y de Su evangelio, rechazan el Testimonio de las Escrituras y de los profetas en cuanto a las buenas nuevas de la expiación de Cristo. A menudo, tales personas se aferran ingenuamente a posiciones contradictorias sin siquiera comprender la naturaleza de dichas contradicciones.

Por ejemplo, es posible que crean que la Iglesia es verdadera, que Jesús es el Cristo, y que José Smith fue un profeta de Dios, mientras que al mismo tiempo se niegan a aceptar la posibilidad de ser completamente perdonadas y, con el tiempo, exaltadas en el reino de
Dios. Tales personas creen en Cristo, pero no le creen a Cristo. No obstante, las "buenas nuevas" del evangelio son buenas nuevas para mí, no porque prometen que otras personas mejores que yo se pueden salvar, sino porque prometen que yo puedo ser salvo -pese a todas mis limitaciones e imperfecciones.
Mientras no acepte esa posibilidad, mientras no le crea a Cristo cuando dice que Él puede  llevarme a Su reino y colocarme en un trono, no habré aceptado completamente las buenas nuevas del evangelio; habré, más bien, aceptado al mensajero y rechazado Su poderoso mensaje.

La fe es el primer principio del evangelio, pero tener fe no significa simplemente creer en sus declaraciones históricas. ¿Cree usted que la Iglesia es verdadera, que José Smith fue un profeta, y que el evangelio ha sido restaurado en los últimos días? Muy bien, pero eso no es suficiente.

El primer Artículo de Fe expresa claramente que debemos tener fe en el Señor Jesucristo. A menudo pensamos que tener fe en Cristo significa creer en Su identidad como el Hijo de Dios y el Salvador del mundo. Pero creer en la identidad de Jesús como el Cristo, es apenas la mitad de este asunto. La otra mitad es creer en Su capacidad, en Su poder de purificar y salvar -de convertir en personas dignas a los indignos hijos e hijas de Dios.

No sólo debemos creer que Él es quien dice ser, sino que también debemos creer que Él puede hacer lo que dice poder hacer. No solamente debemos creer en Cristo, sino que debemos creerle a Él cuando dice que puede purificarnos y hacernos celestiales.

Él nos hace saber que mediante Su sangre expiatoria, todo el género humano puede ser salvo (ver A. de Fe 3) y lógicamente, en "todo el género humano" estamos incluidos usted y yo. Así que, en tanto no aceptemos la posibilidad real de ser exaltados en el reino de Dios, no podemos decir que tenemos fe en Cristo, y no podemos decir que creemos. He oído muchas declaraciones en cuanto a la misma duda. Es posible que una persona diga,

"No, obispo, no puedo esperar recibir las mismas bendiciones que los miembros de la Iglesia que son fieles; no puedo aspirar a ser exaltado en el reino de Dios puesto que he cometido pecados horribles. Usted tiene que comprender que hice esto o aquello. Claro que asistiré a las reuniones de la Iglesia y que trataré de mantener viva la esperanza de que el castigo no sea espantoso, pero de ninguna manera puedo recibir la exaltación después de lo que hice."

Un ejemplo típico de este tipo de razonamiento fue el caso de un hombre que una vez me dijo, "Mire, obispo, no creo estar hecho para heredar la gloria celestial". Después de un infructuoso cambio de ideas, un tanto impaciente le dije: "Qué es lo que me quiere decir?
Por supuesto que no está hecho para heredar la gloria celestial. Tampoco lo estoy yo ni lo está nadie. Esa es la razón por la que necesitamos la expiación de Cristo, el cual puede hacernos para que heredemos la gloria celestial. ¿Por qué no admite su verdadero problema; que no tiene ninguna fe en Cristo?" Mi comentario ciertamente le enfadó, ya que había sido de la religión protestante antes de convertirse en Santo de los últimos Días, y tanto como protestante y como mormón, él había creído en Jesucristo. "¿Cómo se atreve a decirme eso?" replicó el hombre. "Yo sé que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios." "Sí", le contesté, "usted cree en Cristo, pero no le cree a Cristo. El dice que puede hacerle para que herede la gloria celestial, y usted tiene la audacia de sentarse allí y decir 'No, no puede'. No tengo duda de que usted cree que Cristo hace promesas que no puede cumplir."

Cada uno de estos casos representa una variación de la misma tétrica idea. Todos se resumen a esto: "No creo que Cristo pueda hacer lo que dice poder hacer. No tengo fe en su capacidad de exaltarme." Si se les preguntara a estas personas en qué consisten sus problemas espirituales, dirían que son X, Y o Z -o sea, ciertos problemas singulares con los que tropezaron en determinado punto de su trayectoria espiritual. Pero en ninguno de estos casos el verdadero problema es X, Y ni Z, ni tampoco es singular, ni tropezaron en algún punto distante de su trayectoria.

El verdadero problema lo tienen frente a la nariz, pues estas cuatro objeciones y muchas otras versiones que se podrían citar, son maneras de simplemente disfrazar el problema básico en sí: falta de fe en el Señor Jesucristo. Estas personas simplemente no creen que el evangelio pueda tener efecto alguno en ellas.

Y a menos que obedezcan el primer principio del evangelio, a menos que tengan fe genuina en Cristo, se privarán del poder y las bendiciones de la fe en Cristo o de los principios que le siguen a la fe: el arrepentimiento, el bautismo y el don del Espíritu Santo.

Aun cuando se consideren a sí mismas miembros de la Iglesia poseedores de experiencia y madurez, lo cierto es que todavía no han nacido espiritualmente. Si sólo creemos en Cristo sin creerle a Él, es como estar sentados en casas frías y obscuras, rodeados de lámparas y calentadores, y creer en la electricidad sin aprovecharla.

Ese tipo de personas a menudo tratan de convencerse a sí mismas y de convencer a los demás que el simplemente creer en la electricidad les proporciona calor y luz, aunque continúan tiritando en la obscuridad en tanto no enciendan la luz y los calentadores. A pesar de que todos nuestros aparatos domésticos funcionen y la instalación esté en perfectas condiciones, mientras no aceptemos el poder mismo de la corriente eléctrica, aún cuando creamos en él en teoría, no podremos disfrutar del efecto e la luz y del calor.

Ésa es la razón por la que la fe genuina en Cristo, o sea, la aceptación activa de Su poder y no la mera creencia pasiva en Su identidad, es y debe siempre ser el primer principio del evangelio.

No importa cuánto aprendamos sobre el evangelio, ni cuánto creamos en teoría, en tanto no aceptemos la realidad de nuestra propia salvación, seguiremos en el frío y en la obscuridad.

Para no escuchar en aquel día el dulce pero también fuerte reproche del Señor a Pedro:


Y al momento Jesús, extendiendo la mano, le sujetó y le dijo: ¡Oh hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?

Mateo 14:31

Nuestra oración es que podamos reflejar en actos lo que expresamos con los labios y que nuestra fe en el Salvador sea cada vez mayor en el nombre de Jesucristo. Amen.

(Extractos tomados de http://librosdeconsultasud.blogspot.com/2011/02/creamosle-cristo-stephen-e-robinson.html )

miércoles, 26 de enero de 2011

La parábola de la caja fuerte del tesoro POR EL ÉLDER JAMES E. TALMAGE (1862–1933) Del Quórum de los Doce Apóstoles


Elder James E. Talmage

La parábola de la caja fuerte del tesoro


¿Cuál es el valor de un alma? Es inestimable y debe mantenerse a salvo.
El élder Talmage fue Apóstol durante veintidós años y escribió dos libros de la Iglesia cuyo uso está muy extendido hasta ahora: Jesús el Cristo yLos Artículos de fe. También publicó una serie de parábolas o relatos extraídos de su experiencia personal, que enseñan principios del Evangelio. La siguiente parábola se publicó en la revista (en inglés)Improvement Era, en octubre de 1914, págs.1108–1109.
Entre las noticias recientes se encontraba el informe de un robo, en el que se produjeron varios incidentes fuera de lo común en la literatura sobre el delito. El objeto del ataque era la caja fuerte de una casa de venta al por mayor de joyas y gemas. A juzgar por la atención y la habilidad con la que concibieron sus planes los dos ladrones, resultaba obvio que eran expertos en estas infames actividades.
Se las ingeniaron para ocultarse en el edificio y permanecieron en el interior cuando se cerraron las puertas de alta seguridad al llegar la noche. Sabían que la gran caja fuerte de acero y albañilería era de una construcción inmejorable y de una categoría garantizada a prueba de ladrones; también sabían que contenía un tesoro de un valor inmenso, y confiaban su éxito a la paciencia, persistencia y habilidad que habían desarrollado a lo largo de muchas proezas anteriores, aunque de menor importancia, en el desvalijamiento de cajas fuertes. Tenían un equipo completo, compuesto de taladradoras, sierras y otras herramientas puestas a punto para penetrar incluso el acero reforzado de aquella puerta maciza, el único medio de acceso a la caja fuerte. Había guardias armados en los pasillos del establecimiento y los alrededores del cuarto de seguridad se vigilaban diligentemente.
Los ladrones trabajaron toda aquella larga noche, taladrando y serrando alrededor de la cerradura, cuyo complicado mecanismo era imposible de manipular, incluso para alguien que conociera la combinación, antes de la hora a la que se había fijado el temporizador. Habían calculado que, con un trabajo constante, tendrían tiempo suficiente durante la noche para abrir la caja fuerte y hacerse de todos los bienes que fueran capaces de transportar; entonces se fiarían a su suerte, atrevimiento o fuerza para huir. No vacilarían en matar si encontraban resistencia. Aunque las dificultades de este proyecto fueron mayores de lo que esperaban, estos hábiles criminales lograron acceder al interior de la cerradura con sus herramientas y explosivos; entonces retiraron los pernos y forzaron la apertura de aquellas voluminosas puertas.
¿Qué vieron en el interior? ¿Piensan que vieron cajones llenos de gemas, bandejas de diamantes, rubíes y perlas? Todo esto y mucho más esperaban encontrar y obtener; pero en vez de ello, se toparon con una nueva caja fuerte interior, con una puerta más pesada y más resistente que la primera, equipada con una cerradura mecánica con un sistema más complicado que aquella que tanto esfuerzo les había requerido. El metal de la segunda puerta era de una calidad tan superior que hizo que se astillaran sus sólidas herramientas; por más que lo intentaron, no lograron ni siquiera causarle un rasguño. Aquella energía mal empleada no dio fruto; sus planes infames quedaron frustrados.
La puerta exterior de la caja del tesoro es semejante a la reputación de la persona; la puerta interna se asemeja a su carácter. El buen nombre es una firme defensa, pero aunque sufra ataques o incluso quede arruinado o dañado, el alma albergada en su interior está a salvo, siempre y cuando el carácter interno sea impenetrable.
El relato de la siguiente página da un ejemplo de un joven que fortaleció su carácter al tomar una decisión correcta.

Cómo forjar un carácter firme

Elder Richard G. Scott
“El carácter es la manifestación de lo que llegarás a ser. Un carácter moralmente firme es el resultado de haber hecho elecciones correctas durante las pruebas de la vida. Tu fe te guiará a hacer esas elecciones correctas…
“…El fundamento del carácter es la integridad. El carácter digno fortalecerá tu capacidad para responder con obediencia a la guía del Espíritu. Llegarás a tener un carácter recto, lo cual es más importante que lo que posees, que lo que hayas aprendido o las metas que hayas logrado, lo que dará por resultado que se te tenga confianza. Un carácter recto proporciona el cimiento de la fortaleza espiritual. Permite que en tiempos de pruebas tomes correctamente decisiones difíciles y muy importantes, aun cuando parezcan abrumantes. Testifico que ni Satanás ni ningún otro poder puede debilitar ni destruir tu creciente carácter, sólo tú puedes hacerlo, mediante la desobediencia.
“El plan de nuestro Padre es maravilloso. El ejercicio de la fe edifica el carácter. El carácter fortalecido aumenta tu capacidad para ejercer fe; por tanto, tu confianza en conquistar las pruebas de la vida aumenta y el ciclo de fortalecimiento sigue; es decir que, cuanto más se fortifique tu carácter, más se fortificará el poder de tu fe”.
Élder Richard G. Scott, del Quórum de los Doce Apóstoles, “El poder sustentador de la fe en tiempos de incertidumbre y de pruebas” véaseLiahona, mayo de 2003, pág. 77.
James E. Talmage, "La parábola de la caja fuerte del tesoro", liahona, Febrero de 2010, 52–53 

La Dedicación de Toda una Vida

La Dedicación de Toda una Vida
Élder Dallin H. Oaks del Quórum de los Doce Apóstoles
Transmisión del SEI para Jóvenes Mayores • 1º de mayo de 2005 • Oakland, California


Mis hermanos y hermanas: Estoy muy agradecido al coro por esa música tan inspiradora, y agradezco al presidente Steven Edgren esa presentación.Me siento muy feliz de estar aquí en Oakland. Tanto a los que se encuentran aquí, como a los que están en otros lugares, les agradezco su presencia.

Me siento contento de hablar a esta audiencia de jóvenes mayores de 18 a 30 años de edad. Nuestra hija más pequeña está entre esas edades, como así también 15 de nuestros 28 nietos. Es por eso que tengo un interés especial en las personas de 18 a 30 años.Vivan el Evangelio día a díaAl hablarles a ustedes, hablo al futuro. Ustedes son los futuros líderes de los negocios, de la educación, de la ciencia, de las ciudades, de los estados, de los países y de la Iglesia. Y aún más importante, ustedes son los futuros líderes de las familias de la Iglesia.En preparación para esta noche, estudié un discurso que se pronunció en una charla fogonera para Jóvenes Mayores reciente, que se llevó a cabo el domingo 6 de febrero en el Centro Marriott de la Universidad Brigham Young. El orador fue el élder Russell M. Nelson del Quórum de los Doce.

Para mí, el estudiar su discurso fue a la vez edificante y conmovedor.Ustedes recordarán que el élder Nelson les pidió que pensaran “en ustedes, no en como son ahora, sino en lo que podrían llegar a ser dentro de 50 años”. Les preguntó: “¿Qué desearían ser en 50 años?”. Y luego les impartió un extraordinario mensaje acerca de “La fe y las familias”. Les habló sobre su propia vida y la de su querida compañera Dantzel. Habló sobre su larga lucha para obtener una profesión. Habló sobre las decisiones que tomaron durante su vida matrimonial, buscando siempre primeramente el reino de Dios. La fe, dijo, ha sido siempre la “estrella que nos ha guiado en la vida matrimonial”. Recordó el hecho de que no pudo cobrar por sus servicios como cirujano sino hasta después de terminar sus estudios de 12 años en la facultad de medicina. Para ese entonces tenían cinco hijos. Pueden imaginar la fe que ejercieron y los sacrificios que hicieron para sacar adelante a su familia mientras el Dr. Nelson terminaba ese largo período de preparación profesional. (Véase La fe y las familias [charla fogonera del SEI para Jóvenes Mayores, 6 de febrero de 2005, págs. 1–2.)Si escucharon el extraordinario mensaje que el élder Nelson dio en la conferencia de abril, sabrán por qué fue para mí conmovedor leer su discurso del SEI del pasado 6 de febrero. En él, rindió un maravilloso y merecido tributo a su querida compañera y, sólo seis días después, ella falleció repentinamente. En verdad, tal como el élder Nelson nos enseñó, la vida tiene sorpresas inesperadas y, por consiguiente, no sólo debemos pensar qué desearíamos ser en 50 años, sino también vivir día a día para estar siempre listos por si en forma inesperada se nos llama a dejar esta vida.“Mirad que las hagáis”La semana pasada, mientras hablaba con otro miembro del Quórum de los Doce acerca de los comentarios que recibimos sobre nuestros discursos de la conferencia de abril, mi amigo dijo que alguien le había dicho: “Disfruté mucho de su discurso”.

Estuvimos de acuerdo en que esa no es la clase de comentario que queremos recibir. Como dijo mi amigo: “Yo no di ese discurso para que se disfrutara. ¿Pensará él que estoy aquí para entretener?” Otro miembro del Quórum se unió a la conversación y comentó: “Eso me recuerda el relato de un ministro que, cuando uno de sus feligreses le dijo que había disfrutado mucho de su sermón, él le contestó: ‘Si fue así, es que no lo comprendió’ ”.Recordarán que en esta conferencia de abril yo hablé sobre la pornografía. Bueno, nadie me dijo que había “disfrutado” de mi discurso, ¡nadie! En realidad, no había nada placentero en él, ni siquiera para mí.He hablado de esas conversaciones recientes para enseñar el principio de que un mensaje dado por una Autoridad General en una conferencia general —que es un mensaje preparado bajo la influencia del Espíritu para sacar adelante la obra del Señor— no se da para que se disfrute; sino para inspirar, edificar, desafiar o corregir. Se da para oírlo bajo la influencia del Espíritu del Señor, con la intención de que quien lo escuche aprenda de él y del Espíritu lo que debe hacer al respecto.El rey Benjamín comprendió ese principio y lo explicó. Su grandioso sermón, que se registra en los primeros capítulos del libro de Mosíah, comienza con estas palabras:“Hermanos míos, todos los que os habéis congregado, vosotros que podéis oír las palabras que os declararé hoy… no os he mandado subir hasta aquí para tratar livianamente las palabras que os hable, sino para que me escuchéis, y abráis vuestros oídos para que podáis oír, y vuestros corazones para que podáis entender” (Mosíah 2:9).Tal como este profeta y rey enseñó, al escuchar a un siervo del Señor no debemos “tratar livianamente las palabras” que él hable. 

Es nuestro deber abrir los oídos para oír y el corazón para entender. Y lo que debemos tratar de comprender es qué debemos hacer en relación con el mensaje. Estoy seguro de que es lo que el rey Benjamín quiso decir, ya que más adelante en su gran mensaje dijo: “y ahora bien, si creéis todas estas cosas, mirad que las hagáis” (Mosíah 4:10). Por favor, recuerden ese principio mientras me dirijo a ustedes en este día de reposo.“La dedicación tranquila y constante de toda una vida”He titulado mi discurso: “La dedicación de toda una vida”. He sacado este título de algo que dijo el gobernador Adlai E. Stevenson de Illinois, quien en 1952 y en 1956, fue candidato a presidente de los Estados Unidos por el Partido Demócrata. Él fue un buen hombre y posiblemente hubiera sido presidente si su oponente no hubiese sido el popular candidato Dwight D. Eisenhower.Al hablar en una Convención de la Legión Americana, Stevenson pronunció esta sabia declaración acerca del patriotismo: “No necesitamos breves y frenéticos despliegues de emoción, sino la dedicación tranquila y constante de toda una vida” (discurso pronunciado el 27 de agosto de 1952, citado por John Bartlett en Familiar Quotations, Boston: Little, Brown and Co., 1955, pág. 986)”. Me gusta eso: “No… breves y frenéticos despliegues de emoción, sino la dedicación tranquila y constante de toda una vida”. Utilizaré esa descripción de patriotismo como una fórmula para saber cómo vivir el Evangelio.Algunas personas viven el Evangelio con “breves y frenéticos despliegues de emoción”, seguidos de largos períodos de inactividad o de actuación irregular e inconsistente. Para vivir el Evangelio se necesita “la dedicación tranquila y constante de toda una vida”.Por tanto, ¿qué significa obedecer los mandamientos, guardar nuestros convenios y servir al Señor con “la dedicación tranquila y constante de toda una vida”? Significa ser 100% Santo de los Últimos Días, el 100% del tiempo. En términos de las Escrituras, significa seguir la dirección que el rey Benjamín dio a su pueblo: “…quisiera que fueseis firmes e inmutables, abundando siempre en buenas obras para que Cristo, el Señor Dios Omnipotente, pueda sellaros como suyos” (Mosíah 5:15). Significa seguir el ruego que hizo Lehi a su inconstante hijo: “¡Oh, si fueras tú semejante a este valle, firme, constante e inmutable en guardar los mandamientos del Señor!” (1 Nefi 2:10).

La “dedicación de toda una vida” requiere que la persona sea constante y tranquila, firme e inmutable. Debemos aferrarnos a nuestros convenios y al liderazgo y a las enseñanzas de los siervos del Señor para que, como escribió el apóstol Pablo, “ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina” (Efesios 4:14). Esa es nuestra norma y nuestra meta. Esa norma firme requiere que evitemos los extremos. Nuestra actuación debe ser el 100% constante de un siervo dedicado, y no el frenético y esporádico 120% de un fanático.Un estimado profesor que tuve en la Universidad Brigham Young, hace ya muchos años, dio esta definición de un fanático: “Un fanático es una persona que pierde la visión de su meta, pero que redobla sus esfuerzos por llegar a ella”. Esa definición ha sido una excelente guía para mí a lo largo de mi vida, y se las recomiendo también a ustedes. No busquen probar su dedicación mediante excesos fanáticos o tratando de parecer mejores y más santos que los demás. Pagamos el diezmo, pero recuerden que el diezmo es un 10% fijo, no un 8% ni especialmente un intermitente 12% pagado en arrebatos frenéticos.Eso me recuerda la preocupación que el presidente Harold B. Lee me expresó cuando yo era presidente de la Universidad Brigham Young. 

Poco antes de la dedicación del Templo de Provo, me habló de la preocupación que sentía de que la cercanía del templo hiciera que algunos de los alumnos de la Universidad Brigham Young asistieran al templo con tanta frecuencia que descuidaran sus estudios. Me instó a colaborar con los presidentes de estaca de la universidad para tener la seguridad de que los alumnos comprendieran que aun algo tan sagrado e importante como la obra del templo debía realizarse con prudencia y orden para que los alumnos no descuidaran sus estudios, los cuales debían ser su mayor concentración en esa época de ser estudiantes en la Universidad Brigham Young.Los peligros de llevar los buenos principios al excesoHace más de una década, di un discurso titulado: “Nuestros puntos fuertes se pueden convertir en nuestra ruina” (Liahona, mayo de 1995, págs. 10–23). En él hablé sobre qué sucede cuando aplicamos al extremo un buen principio o mandamiento, y di veinte ejemplos. He adaptado cinco de ellos a mi ruego actual de que practiquemos una dedicación tranquila y constante de toda una vida en lugar de lo que el gobernador Stevenson llamó “breves y frenéticos despliegues de emoción”.Bastante apropiadamente, mi primer ejemplo se relaciona con el patriotismo. Aun el amor a la patria, si lo llevamos al extremo, puede dañarnos espiritualmente. Hay algunos ciudadanos cuyo patriotismo (como ellos lo definen) es tan frenético y consumidor que parece anular cualquier otra responsabilidad, incluso la familia y la Iglesia. Por ejemplo, oímos sobre algunos de esos que dicen ser muy patriotas que participan en ejércitos privados, o los ayudan, y se preparan en forma privada para conflictos armados. Su celo excesivo por un aspecto del patriotismo los daña espiritualmente cuando se alejan de la sociedad de la Iglesia y cuando se separan del gobierno de las autoridades civiles a las cuales estamos todos sujetos, según nos lo indica el artículo de fe número doce.

Mi segundo ejemplo se relaciona con personas que se han concentrado completamente en una doctrina o en un mandamiento en particular del Evangelio de Jesucristo, que podría ser una concentración desmedida en la obra de historia familiar, una preocupación inusual e intensa en el gobierno constitucional o alguna otra ocupación exclusiva.En un memorable mensaje impartido en la conferencia de octubre de 1971, el élder Boyd K. Packer comparó la plenitud del Evangelio con el teclado de un piano. Él nos recordó que una persona podía ser “atraída hacia una sola tecla”, tal como una doctrina que desea que “se toque una y otra vez”. Él explicó:“Algunos miembros de la Iglesia que deberían tener mayor prudencia seleccionan su tecla o sus dos teclas favoritas y las tocan incesantemente... Se les olvida que hay una plenitud del Evangelio…[la cual ellos rechazan] prefiriendo una nota favorita; y esto por fin se convierte en exageración y los lleva a la apostasía” (citado en “Nuestros puntos fuertes se pueden convertir en nuestra ruina”, Liahona, mayo de 1995, pág. 13).De esas personas podríamos decir lo mismo que dijo el Señor de los miembros de la secta de los tembladores, de “que ellos desean conocer la verdad en parte, pero no toda” (D. y C. 49:2). Por lo tanto, les digo, tengan cuidado de la tecla favorita. Si sólo tocan una tecla, excluyendo o perjudicando seriamente la armonía plena del teclado del Evangelio, se están desviando de la recomendada dedicación tranquila y constante de toda una vida.En medio de esos ejemplos acerca del peligro de llevar al extremo los buenos principios, debo confesar una de mis deficiencias. Habrán escuchado el antiguo adagio: “No seas el primero en probar lo nuevo ni el último en dejar a un lado lo viejo”. Cuando se trata de las maravillas de la tecnología de esta generación, como la computadora, creo que yo soy el último en dejar a un lado lo viejo.Yo sigo utilizando una máquina de escribir manual. Por más de 50 años, he escrito cartas, memorandos y parte de mis discursos en una serie de máquinas de escribir manuales. Hace unos años, la última de ellas, mi portátil vieja máquina de escribir manual, finalmente dejó de funcionar. Comencé entonces a buscar una para reemplazarla, pero no fue fácil.La generación tecnológica que le siguió a la máquina de escribir manual, fue la máquina de escribir eléctrica, pero yo la pasé por alto. 

Lo siguiente fue el equipo de procesamiento de textos y las computadoras con niveles increíblemente complejos, como los que utilizó mi capaz secretaria, Margie McKnight, para preparar numerosos borradores de este discurso. Las computadoras son lo que se vende en los comercios hoy día, por lo que no me debió asombrar el que los jóvenes vendedores me miraran perplejos cuando les pedía una máquina de escribir portátil y manual. Uno de ellos, con mucha imaginación, trajo orgullosamente una máquina de escribir eléctrica pequeña y lo suficientemente liviana como para llevarla de un tomacorriente a otro, y me preguntó si era eso lo que yo deseaba.Por fin, encontré un pequeño comercio, cuyo canoso propietario sabía lo que era una máquina de escribir portátil. Tenía una en el depósito, que yo compré entusiasmado. El dueño estaba un poco perplejo acerca de lo que yo pensaba hacer con ella, pero era demasiado cortés como para preguntar, por lo que se aventuró a adivinar. Al entregarme mi nueva máquina manual me dijo: “No vendemos muchas de éstas; usted debe acampar mucho”. ¡Ésa es una historia verdadera!Seguiré con el tercer ejemplo acerca del contraste entre la dedicación constante y los breves y frenéticos despliegues de emoción. La disposición de sacrificar todo lo que poseemos en la obra del Señor es ciertamente una señal de dedicación. De hecho, es un convenio que hacemos en lugares sagrados. Pero eso debe confinarse cuidadosamente a esos sacrificios que el Señor y sus líderes nos piden en este momento. Junto con Alma, deberíamos decir: “…¿por qué he de desear algo más que hacer la obra a la que he sido llamado?” (Alma 29:6). Las personas que consideran que es insuficiente pagar sus diezmos y ofrendas y trabajar en los cargos para los cuales han sido llamados pueden fácilmente dejarse arrastrar por grupos de cultos que ofrecen lo que llamaré “válvulas de escape frenéticas” para su buena disposición para el sacrificio.Un cuarto ejemplo se relaciona con las metas. 

El concentrarnos en nuestras metas refleja una gran fortaleza. Todos hemos visto los buenos frutos de ello. Sin embargo, una concentración demasiado intensa en las metas puede hacer que una persona se olvide de la importancia de alcanzarla por medios correctos. Cuando eso sucede, una encomiable dedicación constante se puede transformar en un peligroso furor extremo.Un quinto aspecto en el cual debemos seguir un curso constante y evitar los extremos frenéticos se trata del aspecto económico. Se nos ha mandado que demos a los pobres. ¿Se podría llevar el cumplimiento de esa fundamental obligación cristiana a los extremos? Sí, se podría. Yo lo he visto. Quizás ustedes también hayan visto personas que cumplen con el deber de dar a los pobres hasta tal punto que empobrecen a su propia familia al gastar los bienes o el tiempo que necesitan dedicar a sus familiares.Utilizando una expresión del campo, les digo que no debemos comernos el maíz que tenemos para semilla. El llegar a ese extremo nos privaría de la capacidad para sembrar y recoger la cosecha del próximo año con la que mantendríamos a nuestra familia y daríamos a los pobres. El rey Benjamín, que mandó a su pueblo dar de comer al hambriento, vestir al desnudo, visitar al enfermo y administrar para su alivio (véase Mosíah 4:26), también les advirtió que “se hagan todas estas cosas con prudencia y orden; porque no se exige que un hombre corra más aprisa de lo que sus fuerzas le permiten” (versículo 27; véase también D. y C. 10:4).Al terminar con mis cinco ejemplos, debo extender una advertencia. Ese principio que he expuesto, de que debemos ejercer una dedicación constante y evitar llegar a los extremos frenéticos, se podría entender que se aplica al hecho de que debemos tener “moderación en todas las cosas”. No es así. El Salvador nos ha mandado servirlo con todo nuestro “corazón, alma, mente y fuerza” (D. y C. 4:2), buscar “con empeño las riquezas de la eternidad” (D. y C. 68:31), y ser “valientes en el testimonio de Jesús” (D. y C. 76:79). También nos ha dicho que si somos tibios, Él nos vomitará de Su boca (véase Apocalipsis 3:16). La idea central de mis ejemplos es que debemos ser firmes y constantes en nuestra dedicación y nuestro desempeño.

Las salidas en pareja en lugar de juntarse para pasar el ratoHe tratado de dar ejemplos de la importancia de una dedicación constante de toda una vida, y he advertido en contra de los peligros de llevar los buenos principios a los extremos. Si todavía no he logrado desafiarles a que analicen su propio comportamiento, quizás mi último tema lo haga.En el discurso que pronunció en la ceremonia de graduación de la Universidad Brigham Young hace dos semanas, el élder Earl C. Tingey mencionó un artículo que se publicó en un ejemplar reciente de la revista Time acerca de gente de la edad de ustedes. En él se dice que los años comprendidos entre los 18 y los 25 años se han convertido en “una etapa de vida diferente y separada; un País de Nunca Jamás extraño y transitivo entre la adolescencia y la vida adulta en que la gente se estanca por algunos años más, [posponiendo]… la responsabilidad de los adultos” (Lev Grossman, “Grow Up? Not So Fast”, Time Magazine, 24 de enero de 2005, pág. 44). El artículo describe esas personas transitivas como “adolescentes permanentes... unos Peter Pan de veinte y tantos años” (Ibid., pág. 42). El élder Tingey desarrolló su análisis en términos más conocidos para la audiencia de graduados de la Universidad Brigham Young y sus familiares y habló de la “indecisión que algunos graduados universitarios tienen para... aceptar las responsabilidades del matrimonio y la familia” (discurso pronunciado en la ceremonia de graduación, 21 de abril de 2005).Esa tendencia de posponer las responsabilidades de adultos, incluso el matrimonio y la familia, se ve por cierto entre nuestros jóvenes mayores SUD. La edad promedio de contraer matrimonio ha aumentado en las últimas décadas y la cantidad de niños que nacen de parejas SUD ha disminuido. El mensaje de la charla fogonera de hace tres meses del élder Nelson, “La fe y la familia”, habla de ese tema y es a la vez parte del mío, “La dedicación de toda una vida”. 

Por consiguiente, para terminar, voy a compartir algunas preocupaciones acerca de ciertas prácticas que reinan en las relaciones de los jóvenes solteros SUD en Norteamérica.Observadores bien informados indican que las salidas en pareja han casi desaparecido de los campus universitarios y entre los jóvenes mayores en general, y han sido reemplazadas por algo que llaman “juntarse para pasar el rato” (véase Bruce A. Chadwick, “Hanging Out, Hooking Up, and Celestial Marriage”, en Brigham Young University 2002–2003 Speeches, 2003, págs. 1–8). Aparentemente ustedes ya saben de qué se trata, pero lo voy a describir para beneficio de nosotros, los que somos de edad madura y mayores y por lo demás mal informados. El “juntarse para pasar el rato” consiste en que varios jóvenes y señoritas se juntan para llevar a cabo actividades de grupo. Es muy diferente a salir en pareja.Para el beneficio de ustedes que no son de edad madura ni mayores, es necesario que también les describa lo que es salir en pareja. A diferencia de “juntarse para pasar el rato”, el salir en pareja no es un deporte que se juega en equipo, sino que es experimentar la clase de asociación y compromiso temporal de una persona con otra que puede llevar al matrimonio, en algunos raros y preciados casos.¿Qué ha hecho que las salidas en pareja sean una especie en peligro de extinción? No lo sé, pero puedo ver algunos factores que contribuyen a ello:1. La corriente cultural de nuestro mundo está en contra de los compromisos en las relaciones familiares. Por ejemplo, el divorcio se ha hecho legalmente fácil y el tener hijos se ha convertido en algo impopular. Esas presiones en contra de contraer compromisos sirven obviamente a la oposición del diablo al plan del Padre para Sus hijos. El plan se basa en guardar convenios o compromisos. Cualquier cosa que nos aparte de contraer compromisos debilita nuestra capacidad para participar en el plan. El salir en pareja implica un compromiso, aun cuando sólo sea por algunas horas. El juntarse para pasar el rato no implica ningún compromiso, por lo menos para los hombres si las mujeres proporcionan la comida y el lugar de reunión.2. El efecto del movimiento femenino que lucha por que la mujer logre la igualdad con el hombre ha contribuido a desalentar las salidas en pareja. A medida que las opciones de las mujeres han aumentado y que algunas de ellas se han vuelto más agresivas, algunos hombres no desean tomar la iniciativa masculina tradicional, tal como el de invitar a una joven a salir en pareja, no sea que se piense que califican para que se les aplique el temido término de “machistas”.3. El juntarse para pasar el rato se pinta de color rosa en los programas de televisión sobre personas solteras.4. El significado de una “salida en pareja” también ha cambiado ya que cuesta demasiado.

Vi esa tendencia entre nuestros hijos más pequeños. Por alguna razón, los muchachos de la secundaria piensan que deben hacer algo complicado o excéntrico para pedirles a las jovencitas que salgan con ellos, especialmente al baile de gala de la escuela, y éstas piensan que ellas deben hacer algo similar para aceptar. Además, la salida debe ser una producción costosa. Yo presencié algo así en el campus de la Universidad Brigham Young durante la década de los 70. Recuerdo haber visto a una pareja cenar en la franja del medio de la calle, que divide las dos vías de tránsito, al sur del estadio de fútbol americano de la Universidad Brigham Young, servidos por sus amigos.Todo ello hace que las salidas se vuelvan más difíciles. Y cuanto más complicada y costosa se vuelve la salida, menos salidas en pareja hay. Al ser estas salidas cada vez menos y al ser más complicadas, parece crearse la expectativa de que una salida así implica cierto grado de seriedad o de compromiso continuo. Esa expectativa desalienta esas salidas aún más. Ya pasaron de moda las sencillas y baratas llamadas por teléfono que sus padres, abuelos y yo solíamos hacer, y que eran algo como esto: “¿Qué vas a hacer esta noche?” “¿Quieres ir al cine?” o “¿Quieres ir a caminar al centro?”. Las salidas en pareja así pueden ser frecuentes y no intimidantes, ya que no implican un compromiso continuo.Las salidas en pareja, sencillas y frecuentes, permiten tanto al hombre como a la mujer conocer a más personas y por lo tanto evaluar más a fondo a los futuros pretendientes. Las salidas chapadas a la antigua eran un magnífico modo de llegar a conocer a alguien del sexo opuesto, ya que fomentaban la conversación y permitían ver cómo uno trataba a los demás y cómo lo trataban a uno en situaciones en que sólo estaban los dos. Daban también la oportunidad de aprender a iniciar y sostener una relación madura. Nada de eso sucede cuando se juntan para pasar el rato.

Mis queridos hermanos y hermanas: Sigan ese modelo de salidas en pareja y no necesitarán buscar a su pareja en Internet por medio de los “chat rooms” [salas de charla] o los servicios de citas, dos opciones que pueden ser muy peligrosas, o por lo menos innecesarias o inefectivas.Existe otro factor que posiblemente contribuya a la desaparición de las salidas en pareja y de la importancia que ha adquirido la costumbre de juntarse para pasar el rato. Por muchos años la Iglesia ha aconsejado a los jóvenes a no salir en pareja antes de los 16 años. Quizás algunos jóvenes mayores, especialmente los varones, han llevado ese consejo a los extremos y han tomado la determinación de no hacerlo antes de los 26 e incluso los 36 años.Muchachos: si han regresado de la misión y todavía siguen el modelo de salidas que se les aconsejó que siguieran cuando tenían 15 años, es tiempo de que crezcan, sean valientes y busquen a alguien para conocerse mejor y salir juntos. Comiencen con diferentes salidas y con diferentes jóvenes y cuando vean que esa fase fructifica en una buena perspectiva, sigan con el cortejo y el noviazgo. Es hora de contraer matrimonio. 

Eso es lo que el Señor quiere para Sus hijos e hijas jóvenes mayores. Los hombres tienen la iniciativa, y deben empezar a salir en citas. Si no saben lo que es salir en pareja, quizás esta definición les ayude. La oí de mi nieta de 18 años. Una “salida en pareja” debe pasar la prueba de las tres Ps. (1) se planea con anticipación, (2) se paga por ella y (3) se hace en pareja.Jovencitas, resístanse a juntarse demasiado para pasar el rato y fomenten las salidas en pareja que sean sencillas, no costosas y frecuentes. No hagan que sea fácil para los hombres pasar el rato en lugares en los que ustedes proporcionan la comida. No apoyen a los aprovechadores. Una actividad de grupo de vez en cuando está bien, pero cuando ustedes vean muchachos cuya principal interacción con el sexo opuesto es juntarse para pasar el rato, creo que deben ponerle candado a la despensa y cerrar la puerta.Si lo hacen, entonces también deberían colgar un cartel que diga: “Abierto para salidas en pareja”, o algo por el estilo. Jovencitas, les ruego que hagan que sea fácil para los hombres tímidos pedirles que salgan con ellos en salidas sencillas y no costosas. Parte de ello implica el evitar dar la impresión de que una salida en pareja es algo muy serio. Si persuadimos a los hombres a pedir a las jóvenes a salir en pareja más frecuentemente, debemos establecer una expectativa mutua de que salir en pareja no implica un compromiso continuo. Finalmente, señoritas, al rechazar una salida, sean amables. De otra forma, podrían destruir a un joven nervioso y tímido y hacer que jamás vuelva a pedir a nadie que salga con él, lo que podría perjudicar a otra hermana.Mis queridos jóvenes solteros: les aconsejamos que canalicen su asociación con el sexo opuesto siguiendo el modelo de salidas en pareja que tengan el potencial de llegar a madurar hasta el matrimonio, y no siguiendo modelos de juntarse para pasar el rato, que sólo tienen la posibilidad de llegar a desarrollarse en un deporte de equipo, tal como el voleibol. El matrimonio no es una actividad de grupo, no por lo menos hasta que los hijos llegan en gran cantidad.Hermanas, ustedes han disfrutado de que yo me haya concentrado mayormente en las responsabilidades de los hombres solteros, pero ahora tengo algunas palabras para las mujeres solteras.Si ustedes no están haciendo nada porque están esperando un pretendiente para el matrimonio, dejen de esperar. Quizás nunca tengan la oportunidad de tener un matrimonio apropiado en esta vida, por lo que dejen de esperar y sigan adelante. 

Prepárense para la vida —aun para una vida de solteras— obteniendo instrucción formal, experiencia y planificando. No esperen que la felicidad les caiga del cielo. Búsquenla por medio del servicio y el aprendizaje. Formen su propia vida y confíen en el Señor. Su dedicación de toda una vida debe seguir el consejo del rey Benjamín de “invoca[r] el nombre del Señor diariamente, y permanec[er] firmes en la fe de lo que está por venir” (Mosíah 4:11).“Se gobiernan a sí mismos”Y bien, hermanas solteras, tengo una testigo experta a la que deseo invitar al púlpito en este momento. Es mi esposa, Kristen, quien, como adulta, fue soltera por unos 35 años antes de que nos casáramos. Quisiera pedirle que venga y nos diga lo que siente su corazón.Hermana Kristen Oaks: Gracias, élder Oaks. Me casé a los cincuenta y tantos años, y siento que me estoy convirtiendo en el símbolo representativo de la vejez.Antes de comenzar, tengo el sentimiento de decirles cuánto las ama su Padre Celestial. Estamos en Oakland, y acabo de ir al centro de visitantes, que está cruzando la calle, con el presidente Robert Bauman de la misión. Vimos El Cristo y el mensaje del Cristo Viviente, y penetró mi corazón. Éste es el tiempo de ustedes. Hagan que cuente y, para ello, dediquen su tiempo a su Padre Celestial.Me encanta lo que dijo el presidente Packer en cuanto a la Expiación. La Expiación no es algo que sucede al final de nuestra vida, sino algo que sucede todos los días de nuestra vida. Y por eso digo a nuestras hermanas solteras, hagan que cuente.Puede ser muy doloroso ser soltera por tanto tiempo, especialmente en una Iglesia de familias. Yo sé lo que se siente. Cuando cumplí 50 años, mi cuñado estaba leyendo el periódico y me dijo: “Oye, aquí en el periódico dice que a la edad de 50 años las posibilidades de que uno muera por un ataque terrorista son mayores que las de casarse”. Yo sabía que el salir en citas era difícil cuando dijo eso, pero no se den por vencidas. El salir en citas no es una actividad terrorista.También me gustaría decirles que mantengan un equilibrio. Como mujer soltera, yo tuve que seguir adelante; obtuve un doctorado y me metí tanto en mi profesión que me olvidé de ser una buena persona. Quisiera decirles a todos los que están aquí presentes que nunca olviden que su primer llamamiento es el de ser madre o padre. Desarrollen esos talentos domésticos, talentos de amor y de servicio. Siendo soltera, tenía que buscar proyectos de servicio, y ahora tengo uno que se sienta frente a mí en la mesa todas las noches. Estoy muy agradecida por ello.Para terminar, pienso en los tiempos dolorosos de nuestra vida, los cuales ocurrirán ya sea que estén solteros o casados. 

Tal vez tengan un hijo que esté muy enfermo, o quizá sufran la muerte de un ser muy querido, o bien, tal vez tengan un período durante su vida de mucha soledad. Quizá pierdan un hijo o enfrenten una situación sobre la cual no tengan control, tal como una enfermedad prolongada. Quisiera pedirles que consagren eso al Padre Celestial. En Helamán 3:35 leemos que si entregamos el corazón a Dios, todas nuestras acciones servirán para santificarnos, y es por eso que toda ocasión es una ocasión bendita.Ustedes son mi grupo favorito de todo el mundo, y siento ese cariño porque sé lo que se siente estar en su lugar, y yo lo estuve por mucho, mucho tiempo.Quiero que sepan que esta es la Iglesia del Dios viviente, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Es Su Iglesia. Estoy tan agradecida de tener un profeta viviente, el presidente Gordon B. Hinckley. Y, sobre todo, sé que tenemos un Padre Celestial que nos ama, porque Él fue mi mejor amigo cuando no había nadie más que me quisiera. Lo digo en el nombre de Jesucristo. Amén.Élder Dallin H. Oaks: Gracias, Kristen. Y bien, hermanos y hermanas, si se sienten atribulados por algo de lo que dijimos, presten mucha atención a lo que voy a decir ahora. Quizá alguno de ustedes es un joven que se siente presionado por lo que dije acerca de comenzar a salir en pareja con el fin de llegar al matrimonio; o una joven atribulada por lo que hemos dicho en cuanto a que deben seguir adelante con su vida.Si ustedes piensan que son un caso especial, y que el poderoso consejo que he dado no se aplica a ustedes, por favor, no me manden una carta. ¿Por qué les pido eso? He aprendido que esa clase de consejo directo que les he dado da como resultado una enorme cantidad de cartas de personas que piensan que son una excepción y que desean que yo les confirme que las cosas que he dicho no se aplican a ellas, debido a sus circunstancias especiales.Para explicarles por qué no les puedo ofrecer el consuelo que me solicitan en esa clase de cartas, les contaré una experiencia que tuve con otra persona que se sintió muy atribulada por una regla general, de la cual hablé en un discurso, en el cual me referí al mandamiento “No matarás” (Éxodo 20:13). Después de eso, un hombre llegó hasta mí llorando y diciéndome que lo que yo dije demostraba que no había esperanza para él. “¿Qué quiere decir?”, le pregunté.Me explicó que había sido artillero durante la guerra de Corea, y que durante un asalto su ametralladora había aniquilado a una enorme cantidad de soldados enemigos. Sus cuerpos se habían acumulado de tal manera que él y sus hombres habían tenido que moverlos a un lado para poder mantener libre el campo de fuego. Él había matado a cien, dijo, y ahora iría al infierno porque yo había hablado del mandamiento del Señor que dice: “No matarás”.La explicación que le di a ese hombre es la misma que les daría a ustedes si sintieran que son la excepción a lo que yo he dicho. Como Autoridad General, es mi responsabilidad predicar sobre principios generales, y cuando lo hago no trato de definir todas las excepciones. Hay excepciones para algunas reglas. Por ejemplo, nosotros creemos que no se viola el mandamiento cuando se mata siguiendo una orden en un conflicto bélico. Pero no me pidan que les dé una opinión en cuanto a su excepción. Yo sólo enseño las reglas generales. Si una excepción se aplica a ustedes, es entonces su responsabilidad, y deben resolverla individualmente entre ustedes y el Señor.

El profeta José Smith dijo lo mismo de otra forma. Cuando se le preguntó cómo gobernaba un grupo tan diverso de santos, él dijo: “Yo les enseño principios correctos y ellos se gobiernan a sí mismos” (citado por John Taylor en “The Organization of the Church”, Millennial Star, 15 de noviembre de 1851, pág. 339). Sobre lo que acabo de decir, yo simplemente enseño principios correctos e insto a cada uno de ustedes a que actúe de acuerdo a ellos al gobernarse a sí mismos.Hermanos y hermanas: ha sido un placer estar con ustedes. Es mi oración que las palabras que se han dicho esta tarde penetren sus corazones y que las entiendan por el poder del Espíritu Santo con la misma intención con la que se pronunciaron, la cual es que sean una bendición en su vida, que sean un consuelo para los afligidos y que aflijan a los que están cómodos.Esta es la Iglesia de Jesucristo, que sufrió y murió en las terribles agonías de Getsemaní y el Calvario a fin de garantizarnos la inmortalidad y la oportunidad de obtener la vida eterna. Es mi oración que el Señor nos bendiga a cada uno de nosotros a medida que tratamos de guardar los mandamientos del Señor, de hacer que nuestra mira esté más alta, de lograr que nuestras decisiones cotidianas lleguen a representar lo que he llamado la tranquila y constante dedicación de toda una vida. Esta es la Iglesia de Jesucristo, que fue restaurada en estos últimos días, con el poder del sacerdocio y la plenitud de Su Evangelio. De ello testifico, al mismo tiempo que pido las bendiciones del Señor sobre ustedes, mis nobles amigos, en el nombre de Jesucristo. Amén.

miércoles, 19 de enero de 2011

LO QUE TODO TODO ÉLDER DEBE SABER; Y CADA HERMANA TAMBIÉN. por el presidente Boyd K. Packer, Presidente en Funciones del Quórum de los Doce.

LO QUE TODO 
ÉLDER 
DEBE SABER; 
Y CADA 
HERMANA TAMBIÉN.

por el presidente Boyd K. Packer, Presidente en Funciones del Quórum de los Doce.


Debido a que los élderes no pueden recibir la plenitud de las bendiciones del sacerdocio sin las hermanas, se ha pensado que ellas también se podrían beneficiar con estos pasajes de un discurso que el élder Packer dio en una sesión de capacitación de las Autoridades Generales en la conferencia general de abril de 1992.


Menos de un año después de la organización de la Iglesia, el profeta José Smith recibió una revelación que decía: 

"Escuchad, oh élderes de mi iglesia a quienes he llamado; he aquí, os doy el mandamiento de congregaros para que os pongáis de acuerdo en cuanto a mi palabra; y por vuestra oración de fe recibiréis mi ley para que sepáis cómo gobernar mi iglesia y poner todas las cosas en orden delante de mí" (DyC 41:2-3).

Hay ciertas cosas acerca del sacerdocio que todo élder debe saber a fin de comprender cómo se gobierna la Iglesia para poner todas las cosas en orden ante el Señor. Existen principios, preceptos y leyes que frecuentemente se pasan por alto y que rara vez se enseñan. Algunos de esos principios se encuentran en las Escrituras, otros en los manuales y algunos de ellos en ninguna de las dos partes; pero sí se encuentran en la Iglesia. Ustedes pueden llamarlos tradiciones, pero son más que eso; son revelaciones que se recibieron cuando las Autoridades Generales pasadas se reunían y se ponían de acuerdo en cuanto a la palabra de Dios y ofrecían oraciones con fe.

El Señor entonces les mostraba lo que debían hacer y recibían, por medio de la revelación, "línea sobre línea, precepto tras precepto" los principios verdaderos que constituyen la manera de administrar el sacerdocio (véase Isaías 28: 13; 2° Nefi 28:30; DyC 98:12). Esta es la forma en que actuamos para poner las cosas en orden delante el Señor.

EL SACERDOCIO

El sacerdocio es la autoridad y el poder que Dios ha concedido al hombre sobre la tierra para actuar en Su nombre (véase TJS Génesis 14:28-31). Cuando ejercemos la autoridad del sacerdocio en forma apropiada hacemos lo que Él haría si estuviera presente.

EL SACERDOCIO DE MELQUISEDEC O EL SACERDOCIO MAYOR

En la Iglesia hay dos sacerdocios, a saber, el Sacerdocio de Melquisedec y el Sacerdocio Aarónico, que incluye el Sacerdocio Levítico. Al primero se le llama Sacerdocio de Melquisedec porque Melquisedec fue un gran sumo sacerdote: 

"Antes de su época se llamaba el Santo Sacerdocio según el Orden del Hijo de Dios" (DyC 107:1-3).

En las Escrituras se habla del Sacerdocio de Melquisedec como el "sacerdocio mayor" o el sacerdocio "según el orden más santo de Dios" (DyC 84:18-19) y el sacerdocio "según el orden de mi Unigénito Hijo" (DyC 124:123; véase también DyC 76:57). 

"Mas por respeto o reverencia al nombre del Ser Supremo, para evitar la demasiado frecuente repetición de su nombre, la iglesia en los días antiguos dio a ese sacerdocio el nombre de Melquisedec, o sea, el Sacerdocio de Melquisedec" (DyC 107:4). Es obvio por qué debe ser así. El nombre del sacerdocio se menciona con frecuencia en las reuniones y lecciones y aparece impreso en manuales. Sería por lo tanto irreverente utilizar con demasiada frecuencia ese sagrado título que lleva el nombre de Dios.
Melquisedec, el gran sumo sacerdote, se identifica en las Escrituras como el "rey de Salem", o como diríamos hoy día, Jerusalén (Génesis 14:18; Alma 13:17-18). 

"Y fue este mismo Melquisedec a quien Abraham pagó diezmos" (Alma 13:15; véase también Génesis 14:20).

También se hace referencia en las Escrituras a un sacerdocio patriarcal, sin embargo, este orden patriarcal no es un tercer sacerdocio (véase DyC 84:6-17; 107:40-57). Todo lo que se relaciona con el orden patriarcal está incluido en el Sacerdocio de Melquisedec. "Todas las otras autoridades u oficios de la iglesia son dependencias de este sacerdocio [de Melquisedec]" (DyC:107:5). 

El orden patriarcal es el aspecto del Sacerdocio de Melquisedec que permite a hombres investidos y dignos presidir sobre su posteridad por esta vida y la eternidad.


EL SACERDOCIO AARÓNICO O MENOR

"El segundo sacerdocio es llamado el Sacerdocio de .Aarón, porque se confirió a Aarón y a su descendencia... Se llama el sacerdocio menor porque es una dependencia del mayor, o sea, el Sacerdocio de Melquisedec y tiene el poder para administrar las ordenanzas exteriores" 
(DyC 107:13-14).

Se le llama a veces el sacerdocio preparatorio porque prepara a los varones para recibir el sacerdocio mayor. El Sacerdocio Levítico (véase Hebreos 7:11; DyC 107:6, 10) es un orden o una parte del Sacerdocio Aarónico. Moisés y Aarón pertenecían a la tribu de Leví (véase Éxodo 2:1-2, 10; 4:14). Durante el éxodo de Egipto, a los levitas se les dieron responsabilidades sacerdotales concernientes al tabernáculo y siempre acampaban cerca de él (véase Números 3:5-39). 

Aunque el orden levítico no ejerce sus funciones en la actualidad, los privilegios y la autoridad propios de este orden se encuentran incluidos en el Sacerdocio Aarónico para cualquier uso futuro que el Señor le indique.

LAS LLAVES DEL SACERDOCIO

Existen llaves del sacerdocio. A pesar de que la palabra llave también equivale a clave, como por ejemplo en las frases "la llave de la sabiduría" o "la llave del conocimiento", las llaves del sacerdocio son el derecho de presidir y dirigir los asuntos de la Iglesia dentro de una jurisdicción. 

Todas las llaves del sacerdocio están dentro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y no hay ninguna llave en la tierra que la Iglesia no posea.

LOS APÓSTOLES

Todos los hombres que son ordenados apóstoles y sostenidos como miembros del Quórum de los Doce Apóstoles poseen todas las llaves del sacerdocio, las que les han sido conferidas (véase DyC 27:13; 110:11-16; 112:30)

El Presidente de la Iglesia es la única persona en la tierra que posee el derecho de ejercer todas las llaves en su plenitud (véase DyC 132:7) Él recibe esta autoridad al ser apartado por los Doce Apóstoles.

"El poder y la autoridad del sacerdocio mayor, o sea, el de Melquisedec, consisten en tener las llaves de todas las bendiciones espirituales de la Iglesia...
"El poder y la autoridad del sacerdocio menor, o sea, el de Aarón, consisten en poseer las llaves del ministerio de ángeles y en administrar las ordenanzas exteriores, la letra del evangelio, el bautismo de arrepentimiento para la remisión de pecados, de acuerdo con los convenios y los mandamientos" (DyC 107:18,20).

Las llaves se le confieren a un hombre cuando se le aparta como presidente, como por ejemplo, presidente de una estaca, de un quórum o como obispo. Los consejeros no reciben ninguna llave.

EL SACERDOCIO NO ES DIVISIBLE

El sacerdocio es mayor que cualquiera de sus oficios. Cuando alguien recibe por primera vez el Sacerdocio Aarónico o de Melquisedec, se le confiere por medio de la imposición de manos. Luego que se le ha conferido el sacerdocio, es ordenado a un oficio dentro del mismo. Todos los oficios derivan su autoridad del sacerdocio.

El sacerdocio no puede dividirse. Un élder posee tanto sacerdocio como un apóstol (véase DyC 20:38). Cuando un hombre recibe el sacerdocio, lo recibe en su totalidad o plenamente. Sin embargo, dentro del sacerdocio hay oficios: divisiones de autoridad y responsabilidad. Un varón debe ejercer su sacerdocio de acuerdo con los derechos del oficio para el cual haya sido ordenado o apartado.

"El Sacerdocio de Melquisedec posee el derecho de presidir, y tiene poder y autoridad sobre todos los oficios en la iglesia en todas las edades del mundo, para administrar en las cosas espirituales" 
(DyC 107:8).

Quien posea el Sacerdocio de Melquisedec o el sacerdocio mayor posee también toda la autoridad del Sacerdocio Aarónico o menor.

LOS OFICIOS EN EL SACERDOCIO AARÓNICO QUE REQUIEREN ORDENACIÓN

Los oficios en el Sacerdocio Aarónico que requieren ordenación son:


Diácono
Maestro
Presbítero
Obispo

El Obispo es el presidente del Sacerdocio Aarónico. Él posee las llaves que se le confirieron cuando fue ordenado, pero delega responsabilidades a sus consejeros. Los tres forman el obispado, que es una presidencia (véase DyC 107: 15-17).

LOS OFICIOS EN EL SACERDOCIO DE MELQUISEDEC QUE REQUIEREN ORDENACIÓN

Los oficios en el Sacerdocio de Melquisedec que requieren ordenación son:

Élder
Sumo sacerdote
Patriarca
Setenta
Apóstol

Aparte de indicar un oficio específico dentro del Sacerdocio de Melquisedec que requiere ordenación, el título de "élder" se utiliza para identificar a cualquiera que posea el sacerdocio mayor.

 Por consiguiente, a los setenta y a los apóstoles se les puede llamar "élderes" (véase DyC 20:38).

Mientras que a todos los que se les ha conferido el Sacerdocio de Melquisedec reciben el sacerdocio en su plenitud, algunas veces tenemos la tendencia de considerar un oficio como "mayor" o "menor" que otro. En lugar de ser oficios de mayor o menor importancia en el Sacerdocio de Melquisedec, éstos representan diferentes aspectos de servicio.

No obstante, los derechos, los privilegios y la autoridad aumentan con cada oficio subsiguiente. Por ejemplo, se considera que los oficios de maestro y de presbítero son mayores que el oficio de diácono porque un presbítero puede efectuar cualquier deber asignado a los maestros o diáconos: puede repartir la Santa Cena, un deber asignado por lo general a los diáconos. Pero, por otro lado, un diácono no puede bendecir la Santa Cena ni efectuar bautismos, porque son deberes asignados a los presbíteros.

Un élder puede efectuar cualquier deber asignado a todos los oficios dentro del Sacerdocio Aarónico, pero no puede asumir ciertas responsabilidades que pertenecen al oficio de sumo sacerdote. Estos principios del gobierno del sacerdocio se establecieron mediante revelación y no cambian.

LOS QUÓRUMES

En la dispensación del cumplimiento de los tiempos, el Señor mandó que el sacerdocio debía ser organizado en quórumes, lo cual significa asambleas selectas de hermanos a quienes se les ha dado la autoridad para que se hagan responsables de que los asuntos de Su Iglesia se lleven a cabo y Su obra siga adelante.

Un quórum es una hermandad. Con excepción de los oficios de obispo y de patriarca, los varones ordenados a los oficios del sacerdocio están organizados en quórumes. A pesar de que a un poseedor del sacerdocio se le puede llamar y apartar para desempeñar asignaciones eclesiásticas y también se le puede relevar de ellas, su condición de miembro en el quórum al cual pertenece permanece inalterable. 

El ser parte de la organización de su quórum es el derecho de quien ha sido ordenado a un oficio dentro del sacerdocio y el poseer el sacerdocio, incluso el asistir como miembro a su quórum, debe considerarse como un privilegio sagrado.

Los quórumes del Sacerdocio de Melquisedec son:

La Primera Presidencia.
El Quórum de los Doce.
Los quórumes de los Setenta.
Los quórumes de los sumos sacerdotes.
Los quórumes de élderes.

Los quórumes del Sacerdocio Aarónico son:

Los quórumes de presbíteros.
Los quórumes de maestros.
Los quórumes de diáconos.

Todo quórum es presidido por un presidente o por una presidencia. Al Quórum de los Doce lo preside un presidente, el Presidente de los Doce (véase DyC 124:127), de la misma forma que al quórum de presbíteros lo preside el obispo (véase DyC 107:87-88).

A los quórumes de los setentas los presiden siete presidentes (véase DyC 107:93) A todos los demás quórumes los preside una presidencia formada por un presidente, un primer consejero y un segundo consejero.

EL JURAMENTO y CONVENIO DEL SACERDOCIO

Existe un juramento y un convenio del sacerdocio. El convenio es hecho por el hombre y el juramento por Dios. El Sacerdocio de Melquisedec se recibe por medio de un convenio. Un hombre hace convenio con Dios de ser fiel y magnificar sus llamamientos en el sacerdocio de estar atento a las palabras de vida eterna, y vivir de toda palabra que sale de la boca de Dios (véase DyC 84:33, 43, 44)

Por su parte, Dios declara con un juramento eterno que todo varón que recibe el sacerdocio y obedece los convenios correspondientes a ese sacerdocio recibirá todo lo que el Padre tiene (véase O. y C. 84:38).

"Y esto va de acuerdo con el juramento y el convenio que corresponden a este sacerdocio.
Así que, todos los que reciben el sacerdocio reciben este juramento y convenio de mi Padre, que él no puede quebrantar, ni tampoco puede ser traspasado" (DyC 84:39-40) .

ORDENACIONES y APARTAMIENTOS

Hay dos formas en que se confiere autoridad en la Iglesia: por medio de la ordenación y el apartamiento. Los oficios dentro del sacerdocio: diácono, maestro, presbítero, Élder, sumo sacerdote, patriarca, setenta y apóstol se reciben siempre por medio de una ordenación. Las llaves de la presidencia y la autoridad para actuar en llamamientos dentro del sacerdocio se reciben al ser apartados.

Por ejemplo, el oficio de élder en el Sacerdocio de Melquisedec es un oficio que requiere ordenación, pero en cambio, para recibir el oficio de presidente de un quórum de élderes, un hombre debe ser apartado en lugar de ordenado, En ambos casos, recibe una bendición para que lo ayude mientras desempeñe el servicio en el cargo o en el oficio para el cual ha sido ordenado o apartado.

Hay muchos llamamientos o cargos para los cuales es necesario ser apartado dentro de la Iglesia, tanto en el sacerdocio como en las organizaciones auxiliares, Algunos deberes son inherentes del sacerdocio no es necesario ser apartado para llevarlos a cabo. Visitar las casas de los miembros (orientación familiar) es un ejemplo.

Debido a que a las mujeres no se las ordena al sacerdocio, cuando las hermanas son apartadas para servir en un cargo, incluso para el llamamiento de presidenta de una organización auxiliar, reciben la autoridad, la responsabilidad y las bendiciones relacionadas con ese oficio, pero no reciben ninguna llave.

LÍMITES DE LA AUTORIDAD

Por lo general, los privilegios relacionados con una ordenación en el sacerdocio pueden ejercerse en cualquier parte dentro de la Iglesia. Los poseedores del sacerdocio no necesitan autorización previa para efectuar ordenanzas o bendiciones que no se asientan en los registros de la Iglesia, tales como la consagración de aceite, la administración a los enfermos y las bendiciones de padre.

El sacerdocio es regido siempre por quienes poseen las llaves, y una ordenanza debe ser autorizada por la autoridad presidente que posee las llaves y el sacerdocio pertinentes, si esa ordenanza, en cambio, va a ser asentada en los registros de la Iglesia.

La autoridad pertinente a un oficio para el cual un varón haya sido apartado tiene sus límites, entre los cuales se incluyen los límites geográficos. La autoridad de un hombre que ha sido apartado como presidente de estaca sólo rige dentro de los límites que demarcan esa estaca. Él no es el presidente de estaca de los miembros de una estaca vecina, ni un obispo lo es de otros miembros que no pertenezcan a su barrio. Cuando a un hombre se le ordena como obispo, se le aparta para presidir sobre un barrio específico y no tiene autoridad fuera de sus límites. Cuando este hombre es relevado como obispo de ese barrio, sigue poseyendo la ordenación al oficio de obispo, pero no puede prestar servicio como tal si no es apartado nuevamente para presidir un barrio.

Cuando un patriarca es ordenado, es apartado para dar bendiciones a los miembros de su estaca o a quienes van a ella con una recomendación extendida por la autoridad pertinente de una estaca donde no haya patriarca. Esos principios del gobierno del sacerdocio se han establecido por medio de revelaciones.

LA EDAD EN LA QUE POR LO GENERAL SE LLAMA A UN VARÓN A INTEGRAR UN OFICIO DEL SACERDOCIO

A fin de que haya un orden de avance dentro del sacerdocio, se ha establecido una edad mínima para recibir el sacerdocio y para la ordenación a cada oficio dentro del mismo.

A un joven de doce años o mayor se le confiere el Sacerdocio Aarónico y se le ordena al oficio de diácono. El joven pasa entonces a integrar un quórum compuesto por un máximo de doce diáconos (véase DyC 107:85). Cuando cumple 14 años, se le puede ordenar al oficio de maestro y pasa a integrar un quórum compuesto por un máximo de veinticuatro maestros (véase DyC 107:86). 

Cuando cumple los 16 años, puede ser ordenado presbítero e integrar un quórum compuesto por un máximo de cuarenta y ocho presbíteros (véase DyC 107:87). Cuando tiene 18 años o más, se le puede conferir el Sacerdocio de Melquisedec y ser ordenado élder y pasar entonces a integrar un quórum compuesto por un máximo de noventa y seis élderes.

Las revelaciones especifican que "el deber del presidente del oficio de los élderes es presidir a noventa y seis élderes, sentarse en concilio con ellos y enseñarles de acuerdo con los convenios" (DyC 107:89). Los sumos sacerdotes no tienen que tener una edad específica ni tampoco debe haber un número determinado de sumos sacerdotes en un quórum. Los sumos sacerdotes están organizados en grupos y dirigidos por líderes de grupo. La presidencia de estaca es la presidencia del quórum de sumos sacerdotes de la estaca.

LLAMAMIENTOS A UN OFICIO

En la Iglesia no asumimos una autoridad que sólo se recibe por medio de una ordenación o cuando se nos aparta para un oficio o llamamiento. Tenemos que ser llamados a una posición y tenemos que ser sostenidos, y ser ordenados o apartados para recibir autoridad. El quinto Artículo de Fe dice: "Creemos que el hombre debe ser llamado por Dios, por profecía la imposición de manos, por aquellos que tienen la autoridad, a fin de que pueda predicar el evangelio y administrar sus ordenanzas" (Artículos de Fe 1:5).

Todo élder debe saber que un llamamiento es más que una invitación o un pedido, incluso mucho más que una asignación. Con demasiada frecuencia escuchamos decir: "Se me ha pedido que preste servicio como consejero en la presidencia del quórum de élderes"; cuando lo más apropiado sería decir: "Se me ha llamado para prestar servicio como consejero".

No nos llamamos a nosotros mismos a un oficio o cargo dentro de la Iglesia, sino que respondemos al llamamiento de quienes presiden sobre nosotros. Es responsabilidad de quienes presiden consultar por medio de la oración para saber cuál es Su voluntad concerniente a un cargo dentro de la Iglesia. Es entonces cuando se pone de manifiesto el principio de la revelación, y el oficial presidente, quien actúa en nombre del Señor, efectúa el llamamiento.

Bajo circunstancias normales, no debemos rechazar un llamamiento ni pedir que nos releven; lo más que podemos hacer es explicar al oficial que preside las circunstancias que podrían hacer necesario el relevo.

Cuando nos dirigimos a quienes han sido llamados a presidir por el título de su oficio, tales como el de obispo o presidente, brindamos dignidad a ese oficio; le recordamos a quien lo posee su sagrada responsabilidad y hace que nosotros también recordemos la obligación que tenemos de seguir su consejo y de apoyarlo en su llamamiento.

SOSTENIMIENTO A UN OFICIO

Ni el Sacerdocio Aarónico ni el Sacerdocio de Melquisedec se confieren, y a ningún varón se le ordena ni se le aparta en un oficio de cualquiera de los dos sacerdocios a menos que esté dispuesto a vivir las normas de la Iglesia. Esas normas incluyen la pureza moral, el pago de diezmos, el cumplimiento de la Palabra de Sabiduría y las normas generales de una conducta cristiana.

Debe ser llamado por quienes poseen la autoridad pertinente y sostenido, o elegido por medio del voto, en la reunión debida y ordenado o apartado por quien posee la autoridad para hacerlo. A eso se le llama "común acuerdo", o la voz de la Iglesia (véase DyC 41:9). Esta forma de actuar cumple con las instrucciones dadas por medio de la siguiente revelación:

"Asimismo, os digo que a ninguno le será permitido salir a predicar mi evangelio ni a edificar mi iglesia, a menos que sea ordenado por alguien que tenga autoridad, y sepa la iglesia que tiene autoridad, y que ha sido debidamente ordenados por las autoridades de la iglesia" (DyC 42:11)

Adviértase que existen dos requisitos: primero, debemos recibir autoridad de alguien que la posee y ha sido ordenado por los líderes de la Iglesia; y segundo, debe saberse en la Iglesia que él posee esa autoridad.
El sostenimiento en el sacerdocio y el ser apartado a un oficio se hace públicamente, para que se sepa en la Iglesia quién posee la autoridad, tal como se estipula en las Escrituras.

El que los nombres de los que son llamados a oficios o cargos dentro de la Iglesia se presenten en la debida reunión brinda una gran seguridad a la Iglesia (véase DyC 20:65). A cualquiera que trate de aparentar o engañar se le descubrirá inmediatamente. Si alguien afirma haber sido secretamente ordenado para un llamamiento especial o para pertenecer a un orden más alto dentro del sacerdocio, se sabrá inmediatamente que lo que dice es falso.

Los nombres de los varones que van a ser ordenados al Sacerdocio de Melquisedec o a otro oficio dentro de ese sacerdocio se presentan en las conferencias de estaca o distrito. (En una misión, un distrito es como una estaca. Una rama dentro de una estaca o distrito es como un barrio) Se solicita a la congregación que apruebe la ordenación levantando la mano derecha o, si se opone a dicha ordenación, que lo manifieste de la misma forma. Ello se lleva a cabo en una reunión de estaca debido a que la presidencia de estaca preside sobre el Sacerdocio de Melquisedec.

En una emergencia, por ejemplo, en que un joven esté para salir de misión y todavía no haya sido ordenado élder, la presidencia de estaca debe presentar su nombre para que se efectúe el sostenimiento en una reunión sacramental del barrio; luego, se presentará la ordenación para su ratificación en la primera reunión pertinente de estaca. Este procedimiento se debe llevar a cabo sólo en caso de emergencia, en caso contrario, no es correcto hacerlo de esa forma.

Los avances en el Sacerdocio Aarónico se sostienen en las reuniones de barrio debido a que el obispado preside sobre el Sacerdocio Aarónico. A los miembros que son llamados a ocupar cargos dentro de las organizaciones auxiliares se les sostiene también, antes de ser apartados, en la reunión pertinente de estaca o barrio.

El obispo, como juez común, preside sobre todos los miembros de su barrio, incluso los poseedores del Sacerdocio de Melquisedec (véase DyC 107:74). Todos los miembros deben pagar los diezmos al obispo y pedirle consejo.

-El Obispo debe ser un sumo sacerdote (véase DyC 68:19; 84:29; 107:17,69-73), y es designado como el sumo sacerdote presidente del barrio. En esa capacidad, él puede presidir en las reuniones del consejo de barrio y del consejo ejecutivo del sacerdocio de barrio al que asisten los oficia- les del quórum de élderes y del grupo de sumos sacerdotes.

A pesar de que un obispo puede recomendar a un hombre para que sea ordenado élder o sumo sacerdote, y verificar su dignidad, la aprobación y la ordenación están a cargo de la presidencia de estaca. Un obispo no llama ni releva a la presidencia de un quórum de élderes; esa asignación está a cargo de la presidencia de estaca.

Un obispo puede convocar un consejo disciplinario con el fin de considerar la trasgresión de un élder de su barrio; puede suspenderle los derechos de miembro si el caso lo requiere, pero no puede privarle del sacerdocio por excomunión. En ese caso, sería necesario un consejo disciplinario presidido por la presidencia de estaca, que es la que gobierna al Sacerdocio de Melquisedec.

RECOMENDACIONES PARA EL TEMPLO

El obispo tiene la autoridad para juzgar la dignidad de un miembro para recibir una recomendación para el templo; y sus consejeros tienen la autoridad para ayudarlo a entrevistar a los miembros del barrio que desean renovar su recomendación. El presidente de estaca o sus consejeros entrevistan también a las personas que desean entrar al templo, porque allí los miembros participan en ordenanzas relacionadas con el Sacerdocio de Melquisedec.

MÁS DE UN OFICIO QUE REQUIERA ORDENACIÓN

En ciertas ocasiones, un hombre puede poseer a la vez más de un oficio que requiera ordenación. Por ejemplo, tanto los obispos como los patriarcas son también sumos sacerdotes. De la misma forma, un hombre puede poseer un oficio que requiera ordenación y a la vez ser apartado para otros oficios. Por ejemplo, un élder que ha sido ordenado puede ser apartado para cargos tales como presidente de quórum, como líder de misión de barrio o presidente de la Escuela Dominical.

OBRE TODO VARÓN EN EL OFICIO PARA EL CUAL HA SIDO LLAMADO

El Señor nos ha aconsejado: "...aprenda todo varón su deber, así como a obrar con toda diligencia en el oficio al cual fuere nombrado" (DyC 107 :99). 

Un élder que ha sido llamado a un cargo en una presidencia debe respetar los llamamientos de las personas sobre las cuales preside. Debe permitirles, e incluso ayudarles a llevar a cabo los deberes de sus llamamientos sin usurpar sus responsabilidades.

A su vez, los poseedores del sacerdocio deben evitar pasar sobre su líder inmediato y buscar una autoridad superior pensando que recibirán mejor consejo, más sabiduría, más espiritualidad y autoridad. Es mejor respetar los llamamientos de las personas sobre las cuales presidimos y los de los que presiden sobre nosotros.

EL NOMBRE DEL SEÑOR

En lugar de decir "La Iglesia Mormona" debemos llamar a la Iglesia por su nombre: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, "porque así”, nos dijo el Señor por medio de una revelación: "se llamará mi iglesia en los postreros días" (DyC 115:3-4).

Cuando oficiamos en el sacerdocio, lo hacemos siempre en el nombre del Señor (véase 3° Nefi 27:1-10). Cuando actuamos de acuerdo con el debido orden de las cosas, actuamos en nombre del Señor y es como si Él estuviera allí en lo que respecta a la validez de la ordenanza. El Señor dijo a uno de los hombres que había sido apartado para predicar el evangelio:

"Y pondré sobre ti mi mano por conducto de las de mi siervo Sidney Rigdon, y recibirás mi Espíritu, el Espíritu Santo, sí, el Consolador, que te enseñará las cosas apacibles del reino" (DyC 36:2, cursiva agregada).

EXCEPCIONES

En ocasiones puede haber excepciones a las reglas y principios por medio de los cuales se gobierna el sacerdocio. Se debe prestar sumo cuidado para que todo lo que tenga que ver con las ordenaciones y los apartamientos se efectúe en forma apropiada. Por lo general, las excepciones debe aprobarlas la Primera Presidencia de la Iglesia.

EL REGISTRO DE ORDENACIONES y APARTAMIENTOS

En la Iglesia se llevan siempre registros de las ordenaciones y apartamientos que se efectúan en ella (véase DyC 20:63-64; 85:1-2; 127:9). Porque "he aquí, mi casa es una casa de orden, dice Dios el Señor, y no de confusión" (DyC 132:8; véase también DyC 88:119; 109:8).

ORDENANZAS

El Sacerdocio de Melquisedec "...administra el evangelio y posee la llave de los misterios del reino, sí, la llave del conocimiento de Dios.
"Así que, en sus ordenanzas se manifiesta el poder de la divinidad.
"Y sin sus ordenanzas y la autoridad del sacerdocio, el poder de la divinidad no se manifiesta a los hombres en la carne;
"porque sin esto, ningún hombre puede ver la faz de Dios... y vivir" (DyC 84: 19-22).

El sacerdocio, al cual se le asocia siempre con la obra de Dios, 

"continúa en la iglesia de Dios en todas las generaciones, y es sin principio de días ni fin de años" (DyC 84:17).

."Porque quienes son fieles hasta obtener estos dos sacerdocios de los cuales he hablado y magnifican su llamamiento, son santificados por el Espíritu para la renovación de sus cuerpos.
"Llegan a ser los hijos de Moisés y de Aarón, y la descendencia de Abraham, y la iglesia y reino, y los elegidos de Dios.

"Y también todos los que reciben este sacerdocio, a mí me reciben, dice el Señor;
"porque el que recibe a mis siervos, me recibe a mí;
"y el que me recibe a mí, recibe a mi Padre;
"y el que recibe a mi Padre, recibe el reino de mi Padre; por tanto, todo lo que mi Padre tiene le será dado" (DyC 84:33-38).