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domingo, 14 de octubre de 2012

El grosellero POR EL ÉLDER HUGH B. BROWN (1883–1975)


El grosellero


“Gracias, Señor Jardinero, por quererme lo suficiente para talarme”.

El grosellero

Algunas veces uno se pregunta si el Señor realmente sabe lo que debe hacer con nosotros; algunas veces uno se pregunta si sabe más que Él acerca de lo que uno debe hacer y debe llegar a ser. Me pregunto si podría contarles una anécdota que tiene que ver con un incidente que tuve durante mi vida en el que Dios me mostró que Él sabe lo que es mejor.
Vivía yo en Canadá, donde había comprado una granja que estaba un tanto deteriorada. Una mañana salí y vi un grosellero que había alcanzado aproximadamente dos metros de altura y estaba llegando a ser casi exclusivamente material para leña. No había ningún retoño ni grosellas. Antes de ir a Canadá, fui criado en una granja frutal de Salt Lake City y sabía lo que tenía que sucederle a ese grosellero, de manera que tomé unas tijeras podadoras, fui hasta el arbusto y lo corté, lo podé y volví a cortarlo hasta que no quedó nada, excepto un montón de tocones. Cuando terminé, empezaba a amanecer y me pareció ver arriba de cada uno de esos tocones algo que parecía como una lágrima, y pensé que el grosellero estaba llorando. Era yo entonces un tanto ingenuo (y todavía no he dejado de serlo por completo), lo miré, sonreí y dije: “¿Por qué estás llorando?”. Pensé haber oído hablar al grosellero y creo que le oí decir esto:
“¿Cómo pudiste hacerme esto? Estaba creciendo tan maravillosamente; estaba casi tan alto como el árbol de sombra y el frutal que se encuentran dentro de la cerca, y ahora me has talado. Todas las plantas del huerto me mirarán con desprecio porque no llegué a ser lo que debí haber sido. ¿Cómo pudiste hacerme esto? Creí que tú eras el jardinero aquí”.
Eso es lo que pensé que había dicho el grosellero y estaba tan convencido de haberlo oído que le respondí: “Mira, pequeño grosellero, yo soy el jardinero aquí y sé lo que quiero que seas. No quería que fueras un árbol frutal ni un árbol de sombra; quiero que seas un grosellero, y algún día, pequeño arbusto, cuando estés cargado de fruta, me dirás: ‘Gracias, Señor Jardinero, por quererme lo suficiente para talarme. Gracias, Señor Jardinero’”.
Pasaron los años y me encontré en Inglaterra, donde era comandante de una unidad de caballería en el Ejército Canadiense Británico. Tenía el rango de oficial de campo y me sentía orgulloso de mi puesto. Luego se presentó la oportunidad para llegar a ser general. Había pasado todos los exámenes y además tenía antigüedad. Con la muerte de un general del Ejército Británico, pensé que esa oportunidad se había hecho realidad cuando recibí un telegrama desde Londres que decía: “Preséntese en mi oficina a las diez de la mañana”, firmado por el general Turner.
Salí rumbo a Londres. Entré con gallardía en la oficina del general y lo saludé de forma apropiada, correspondiéndome él con la misma clase de saludo que un oficial mayor suele conceder, algo así como “¡Quítate de mi camino, gusano!”. Me dijo: “Siéntese, Brown”, y añadió: “Lamento no poder hacer el nombramiento; usted lo merece y ha pasado todos los exámenes; además tiene antigüedad, ha sido un buen oficial, pero no me es posible hacer el nombramiento. Deberá regresar a Canadá como oficial de entrenamiento y transporte”. Aquello por lo que había estado esperando y orando durante diez años quedó repentinamente fuera de mi alcance.
Al rato él pasó a otra habitación para contestar el teléfono y yo encontré sobre su escritorio mi historial militar, al pie del cual estaba escrito: “ESTE HOMBRE ES MORMÓN”. En aquellos días no éramos vistos con buenos ojos. Al ver eso, supe por qué no había sido nombrado. Él regresó y dijo: “Eso es todo, Brown”. Lo saludé de nuevo, pero no con tanta gallardía, y salí.
Abordé el tren y volví a mi pueblo, que estaba a ciento noventa kilómetros de distancia, con un corazón entristecido y con amargura en el alma. El rechinido de las ruedas parecía decir: “Eres un fracasado”. Cuando volví a mi tienda, estaba tan amargado que tiré la capa y el cinto sobre el catre. Elevé los puños hacia el cielo y dije: “¿Cómo pudiste hacerme esto, Dios? He hecho todo lo que estaba de mi parte para prepararme; no hay nada que podría haber hecho, que no hubiera hecho. ¿Cómo pudiste hacerme esto?”. Estaba tan amargado como la hiel.
Luego oí una voz, y reconocí su tono. Era mi propia voz que decía: “Yo soy el jardinero aquí, y sé lo que quiero que hagas”. La amargura abandonó mi alma y caí de rodillas cerca del catre para pedir perdón por mi ingratitud y amargura. Mientras me encontraba ahí, arrodillado, escuché un himno que estaban cantando en la tienda vecina. Un grupo de jóvenes mormones se reunía ahí regularmente cada martes por la noche. Por lo general yo me reunía con ellos; nos sentábamos en el suelo y efectuábamos una reunión de la Mutual. Mientras me encontraba arrodillado, suplicando perdón, oí que sus voces cantaban:
Mas si Él me llama
a sendas que yo nunca caminé,
confiando en Él, le diré:
Señor, a donde me mandes, iré.
( Himnos, N° 175)
Me puse de pie convertido en un hombre humilde; y ahora, casi cincuenta años más tarde, miro hacia arriba y digo: “Gracias, Señor Jardinero, por talarme, por quererme lo suficiente como para herirme”. Veo ahora que no era prudente que yo llegara a ser general en ese tiempo, porque si así hubiera sido, habría sido oficial mayor de todo Canadá Occidental, con un atractivo salario vitalicio, un lugar donde vivir y una buena pensión; pero habría criado a mis seis hijas y dos hijos en cuarteles del ejército. Indudablemente se habrían casado fuera de la Iglesia y creo que yo no habría llegado a mucho. De todos modos, hasta ahora no he llegado a mucho, pero he hecho más que lo que habría hecho si el Señor me hubiese dejado ir en la dirección que yo quería.
Muchos de ustedes tendrán experiencias muy difíciles: desaliento, desilusión, aflicción, derrota. Serán probados, pero si no obtienen lo que creen merecer, recuerden que Dios es el jardinero aquí; Él sabe lo que Él desea que lleguen a ser; sométanse a Su voluntad; sean dignos de Sus bendiciones y las recibirán.
Publicado anteriormente en la revista New Era de enero de 1973.
Hugh B. Brown nació en Granger, Utah, y se crió en Alberta, Canadá. Desde 1961 hasta 1970 fue consejero de la Primera Presidencia, de David O. McKay, noveno Presidente de la Iglesia. Fue orador y maestro excepcional, lleno de amor y comprensión por los jóvenes de la Iglesia.


jueves, 24 de marzo de 2011

"El firme sonar de una trompeta"

"En los tiempos antiguos, el firme sonar de una trompeta llamaba a la batalla. El llamado a la batalla que yo hago resonar es un llamado para encontrar todo aquello que sea digno o "apto", pues en esto no hay tiempo para la inclinación carnal. Es un llamado para que nos esforcemos por alcanzar una calificación que siempre podamos recordar con dicha. 

Nuestro Padre Celestial ha plantado en nosotros el deseo de progresar y aunque honra nuestro albedrío, nos impulsa a hacer lo bueno. Él será quien hará una evaluación de nuestra libreta de calificaciones eternas. El adversario trata de nublar y debilitar nuestros sentidos para que no pensemos en el momento final de nuestro juicio.

Nos encontramos batallando con poderes malvados astutos y solapados que, si no tenemos cuidado, pueden apartarnos del camino e identificarnos con cosas carnales. Pero si nos colocamos a la defensiva y buscamos aquellas cosas que sean dignas, podremos levantar ante nosotros un escudo protector infranqueable."

(Elder Marvin J. Ashton, Liahona febrero 1978, págs. 103-104)

miércoles, 2 de marzo de 2011

La Verdadera Inspiracion

“Permítanme darles una advertencia... Creo que si no tenemos cuidado... quizás tratemos de falsificar la verdadera influencia del Espíritu del Señor empleando medios indignos y manipuladores. Me preocupa el que a veces equiparemos las emociones fuertes o el derramar lágrimas con la presencia del Espíritu. Ciertamente, el Espíritu del Señor puede ocasionar emociones fuertes, incluso lágrimas, mas esa manifestación exterior no debe confundirse con la presencia del Espíritu en sí…” El Espíritu siempre nos edifica. La revelación y las experiencias espirituales son sagradas y privadas y no se deben comentar con los demás sino sólo cuando la situación lo amerite…
Pte. Howard W. Hunter 

jueves, 17 de febrero de 2011

Persecusiones

'El presidente Brigham Young dijo: 'Si las personas gozan de paz y tranquilidad, si viven libres de molestias y de dificultades, y nunca son perseguidas por su religión, es muy probable que desatiendan sus deberes, que se vuelvan frías e indiferentes, y que pierdan la fe'
(Discourses of Brigham Young, pág. 346).

Es importante no demorar los cambios

"La dicha o la desesperanza del mañana tiene sus raíces en las decisiones que tomemos hoy. Tal vez haya personas que piensen en su interior: 'Sé que hay cosas que tengo que cambiar en mi vida. Tal vez las haga más adelante, pero ahora no'. La gente que se para en el umbral de la vida esperando que le llegue el momento indicado para cambiar es como el hombre que se para en la orilla de un río para esperar que el agua acabe de pasar, y poder así cruzar sobre tierra seca. El día para decidir es hoy."

(Élder Joseph B. Wirthlin, Liahona noviembre 2003, pág. 79)
 "Nuestro rumbo en la tierra es muy importante y se determina por las decisiones que tomemos cada día. Es imposible separar las consecuencias que tendrán en el futuro nuestros pensamientos y nuestros actos actuales.

La demora y la indecisión pueden dificultar nuestro esfuerzo de prepararnos para la vida que sigue a la vida terrenal; en cuanto a esto el Pte. Joseph Fielding Smith dijo: "La demora aplicada a los principios del Evangelio, es la ladrona de la vida eterna, que es vida en la presencia del Padre y del Hijo."

Thomas J. Parmley dijo:' La vida es un don tan precioso que debe protegerse de engaños innecesarios. Cada día no es tan sólo un día más, sino que es como la caída de una gota de agua, un momento de vida brillante que se suma al creciente lago de nuestra existencia'."

(Élder Joseph B. Wirthlin, Liahona noviembre 1998, pág.13,14)

sábado, 29 de enero de 2011

Citas inspiradas de Apóstoles y Profetas.

"Esta iglesia no pertenece a su Presidente. Su cabeza es el Señor Jesucristo, quien nos ha llamado a cada uno de nosotros para tomar esta responsabilidad, que hemos tomado sobre nosotros mismos. Estamos todos juntos en esta gran Obra. Estamos aquí ayudar a nuestro Padre en Su trabajo y Su gloria. ... Su obligación en su esfera de responsabilidad es tan seria como mi obligación en mi esfera. Ningún llamamiento en esta iglesia es pequeño o de pequeñas consecuencias".



Presidente Gordon B. Hinckley.

Citas inspiradas de Apóstoles y Profetas.

"Es glorioso cuando usted puede acostarse por la noche con una conciencia tranquila de que ha hecho lo mejor para no ofender a nadie y que no perjudicado a nadie. Usted ha tratado de limpiar su corazón de todos los malos actos y si hace un esfuerzo valioso, usted puede sentir a medida que le pide a Dios que le guarde esa noche, que Él acepta su esfuerzo. Tiene un sentimiento de que es un hijo de Dios, una persona cuya alma Dios quiere salvar. Tiene la fortaleza para resistir lo malo. También tienes la certeza de que ha hecho que el mundo sea mejor por haber vivido en él. Estas y otras incontables virtudes y condiciones están todas incluidas en el Evangelio de Jesucristo.”

Presidente David O. McKay

Citas inspiradas de Apóstoles y Profetas.



"todos prestamos servicio y continuaremos prestando servicio como misioneros de toda la vida. Todos los días somos misioneros tanto en nuestra familia, como en nuestras escuelas, en nuestros lugares de trabajo y en nuestras comunidades. Sin importar nuestra edad, experiencia o condición en la vida, todos somos misioneros".




Élder David A. Bednar

Citas inspiradas de Apóstoles y Profetas.

“La debilidad no es nuestra única vulnerabilidad. Satanás también puede atacarnos donde pensamos que somos fuertes, en los mismos aspectos de nuestras vidas que creemos son nuestras fortalezas. El se nos acercará por medio de nuestros talentos más grandes y por los dones espirituales que poseemos. Si nos descuidamos, Satanás puede hacernos caer corrompiéndonos por medio de nuestras fortalezas así como atacando nuestras debilidades.”




Élder Dallin H. Oaks

domingo, 21 de noviembre de 2010

Ungió los ojos del ciego, por Walter Rane.



Sintiendo compasión
por un hombre ciego de
nacimiento, el Salvador
“escupió en tierra, e hizo
lodo con la saliva, y untó
con el lodo los ojos del
ciego y le dijo: Ve, lávate
en el estanque de Siloé…
Entonces fue y se lavó; y
cuando regresó, ya veía”
( Juan 9:6–7).