martes, 31 de mayo de 2011

La historia que es siempre nueva. POR EL PRESIDENTE HEBER J. GRANT (1856–1945)

Nunca ha vivido sobre la tierra una persona que haya ejercido la misma influencia sobre el destino del mundo que la que ejerció nuestro Señor y Salvador, Jesucristo.


Heber J. Grant, séptimo presidente de la Iglesia, nació el 22 de noviembre de 1856. Fue ordenado apóstol el 16 de octubre de 1882, a los veinticinco años, y el 23 de noviembre de 1918 fue sostenido como Presidente de la Iglesia. El texto que sigue a continuación es un extracto del artículo “Story of Old”, Improvement Era, diciembre de 1940, págs. 713, 765.

La historia de Jesús el Cristo es una historia de antaño que siempre permanece nueva. Cuanto más a menudo leo acerca de Su vida y Sus obras, mayor es el gozo, la paz, la felicidad y la satisfacción que llenan mi alma. Siempre hay un nuevo encanto que percibo al meditar en Sus palabras y en el plan de vida y salvación que Él enseñó a los hombres durante Su vida sobre la tierra.

Todos sabemos que nunca ha vivido sobre la tierra una persona que haya ejercido la misma influencia sobre el destino del mundo que la que ejerció nuestro Señor y Salvador, Jesucristo; y, sin embargo, nació en la oscuridad, acunado en un pesebre. Eligió para que fueran Sus apóstoles a pescadores pobres e iletrados. Han pasado [más de] mil novecientos años desde Su crucifixión y, no obstante, en todo el mundo, a pesar de todos los conflictos y el caos, aún perdura en el corazón de millones de personas el testimonio de la divinidad de la obra que llevó a cabo…

Es una fuente de gozo ilimitado para mí y llena mi corazón más allá de mi poder de expresión el contemplar el hecho de que Dios, nuestro Padre Celestial, y nuestro Señor Jesucristo han visitado la tierra y de nuevo han revelado el Evangelio al hombre; y me llena de agradecimiento y gratitud, mucho más de lo que pueda expresar, el que Él me haya bendecido con el conocimiento de la divinidad de la obra en la que estamos embarcados. Mi constante y ferviente oración a Él siempre ha sido que mi mente jamás se oscurezca, que nunca me aparte del sendero de la rectitud, sino que, a medida que me adentre en años, aumente mi comprensión, que la luz y la inspiración del Espíritu de Dios arda en mi corazón e ilumine mi entendimiento y me mantenga firme y fiel al servicio de mi Padre Celestial.

Y quiero decirles a los Santos de los Últimos Días que es nuestro deber, habiendo recibido un testimonio de la divinidad de la obra en la que estamos embarcados, poner de tal manera en orden nuestra vida día tras día que la obra de Dios reciba gloria mediante las buenas obras que realicemos; que de tal forma dejemos brillar nuestra luz para que los hombres, al ver nuestras buenas obras, glorifiquen a Dios. Ningún pueblo sobre la faz de la tierra ha sido tan bendecido como lo han sido los Santos de los Últimos Días; ningún pueblo ha tenido las manifestaciones de la bondad, misericordia y longanimidad de Dios que se nos han concedido a nosotros; y digo que nosotros, más que cualquier otro hombre o mujer que se halle sobre la tierra, debemos llevar vidas justas y dignas.


Se ha estandarizado en inglés la ortografía, la puntuación y el uso de mayúsculas.


Madre e hijo, por J. Kirk Richards; ilustración fotográfica por Christina Smith.


La obra de Dios recibirá gloria mediante las buenas obras que realicemos.

domingo, 8 de mayo de 2011

¿Por qué Jesús es llamado el Hijo del Hombre?

Esta pregunta es particularmente extraña cuando uno se da cuenta de que existen otros personajes en las Escrituras (especialmente en el Antiguo Testamento) que son llamados “hijo(s) de hombre” (Jeremías 49:18, Ezequiel 14:16, Salmos 8:4). El élder James E. Talmage, un erudito bíblico, aclara la respuesta mucho más elocuentemente que yo en su libro bastante recomendado, Jesús el Cristo. El dice:

“Al aplicar la designación a Sí mismo, el Señor utiliza invariablemente el artículo definido. ‘El hijo del Hombre’ fue y es, específica y exclusivamente, Jesucristo. Mientras que como un asunto de solemne certeza Él fue el único ser humano varón descendiente de Adam que no fue hijo de un hombre mortal, Él utilizó el título para demostrar definitivamente que era peculiar y exclusivamente Él mismo. Es evidentemente claro que la expresión tiene un significado más profundo que lo expresado por las palabras de uso común. Esta denominación característica ha sido construida por muchas personas para indicar la humilde estación de nuestro Señor como un mortal, y para connotar que Él permaneció como el tipo de humanidad, llevando una relación única y particular para toda la familia humana.”


Otros son llamados por el título “hijo de hombre”, pero sólo el Señor Jesucristo es llamado El Hijo del Hombre. Dijo el Espíritu del Señor al profeta Nefi: “¿Comprendes la condescendencia de Dios?” (1 Nefi 11:16; énfasis agregado). Pero como dice Talmage: “Existe, sin embargo, un mayor significado agregado al uso del título del Señor ‘El Hijo de Hombre’; y eso descansa en el hecho de que Él sabía que Su Padre era el único y supremamente exaltado Hombre, cuyo Hijo Jesús era tanto en espíritu y en cuerpo –el Primogénito entre todos los hijos espirituales del Padre, el Unigénito en la carne- y por lo tanto, en sentido aplicable solamente a Sí mismo, Él fue y es el Hijo de ‘Hombre de Santidad’, Elohim, El Padre Eterno”.


Moisés escribió:

“Enséñalo, pues, a tus hijos, que es preciso que todos los hombres, en todas partes, se arrepientan, o de ninguna manera heredarán el reino de Dios, porque ninguna cosa inmunda puede morar allí, ni morar en su presencia; porque en el lenguaje de Adán, su nombre es Hombre de Santidad, y el nombre de su Unigénito es el Hijo del Hombre, sí, Jesucristo, un justo Juez que vendrá en el meridiano de los tiempos (Moisés 6:57).

En otras palabras, “El Padre tiene un cuerpo de carne y huesos, tangible como el del hombre; así también el Hijo; pero el Espíritu Santo no tiene un cuerpo de carne y huesos, sino es un personaje de Espíritu. De no ser así, el Espíritu Santo no podría morar en nosotros”. (Doctrina and Convenios 130:22).


José Smith dijo, “Los principios fundamentales de nuestra religión son el testimonio de los apóstoles y profetas concernientes a Jesucristo, que Él murió, fue sepultado y se levantó al tercer día y ascendió a los cielos; y todas las otras cosas que pertenecen a nuestra religión son únicamente apéndices de esto” (Enseñanzas del Profeta José Smith, 121). Ya que “todas las otras cosas que pertenecen a nuestra religión son únicamente apéndices a [Jesucristo]”, y ya que el Antiguo Testamento es algo “que pertenece a nuestra religión”, entonces El Antiguo Testamento debe dar testimonio de Jesucristo de alguna manera.


Sin embargo, lo en cierto modo espantosa naturaleza del sacrificio de sangre [en el Antiguo Testamento] ha llevado a hacer la pregunta: “¿Cómo pudo tener alguna relación tal actividad con el evangelio de amor?” Podemos entender mejor la respuesta a esa pregunta cuando entendemos los dos propósitos principales de la ley de sacrificio. Estos propósitos se aplicaron a Adán, Abraham, Moisés y a los apóstoles del Nuevo Testamento, y ahora ellos los aplican a nosotros a medida que aceptamos y vivimos la ley de sacrificio. Los dos propósitos principales son examinarnos, probarnos y ayudarnos a venir a Cristo” 


(M. Russel Ballard, “La Ley del Sacrificio”, Ensign, Octubre 1998,7).